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Sustentabilidad y producción de leche

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MCE. Jorge Luis Ruiz Rojas
jlrojas89@hotmail.com

RESUMEN:

Desde finales de los 50’s la economía mundial optó por un desarrollo modernizador basado únicamente en el crecimiento, es decir el aumento de la producción y el consumo con base en la implementación de nuevas tecnologías y en el uso indiscriminado de los recursos naturales; los únicos parámetros importantes han sido los de la máxima producción y el estímulo al consumo. En este contexto, se han propuesto diversos sistemas alternativos de producción conocidos como sistemas sustentables, los cuales han contribuido de manera importante al alivio de la pobreza, la degradación del medio ambiente, el impulso a la seguridad alimentaria, incremento a la producción de bienes y servicios, y a enfrentar los efectos adversos del cambio climático. Estos sistemas tienen un gran potencial para hacer más eficiente la producción de alimentos y lo hacen de manera amigable con el medio ambiente; sin embargo, es necesario realizar mayores investigaciones a largo plazo que lo confirmen con datos precisos y de esta manera, convenzan al productor, a fin de ampliar estos sistemas de producción a las diversas regiones de Colombia, de México y de otros países de Latinoamérica. Por lo tanto, el objetivo del presente trabajo es el de reflexionar sobre la sustentabilidad en la producción de leche, analizar sus ventajas, perspectivas e implicaciones productivas, sociales, económicas y ambientales que tiene este sistema alternativo de producción animal.

“Cuando las ideas y compromisos están claros, el sueño de producir alimentos con conservación de la biodiversidad es posible”. M.E. Zaccagnini. INTA.

ANTECEDENTES

La capitalización de la agricultura, la “Revolución Verde” y la producción de cultivos transgénicos, han propiciado un incremento en la productividad agrícola, pero también se han encargado de generar una serie de problemas socioeconómicos y ambientales que se reflejan en graves procesos de contaminación y erosión de los suelos, pérdida de la productividad sustentable de las tierras, así como pobreza y marginación de los campesinos y de la población principalmente rural de los países pobres (Leff, 2000).

Al respecto Saradon y Flores (2014) mencionan que es cierto que la tecnificación de la agricultura ha incrementado, a través de un mayor rendimiento (por unidad de área) de los cultivos, la producción de alimentos en el mundo, pero no es menos cierto también, que esto ha estado basado en el uso de dosis masivas de insumos costosos y/o escasos: combustibles fósiles (como el petróleo), plaguicidas, fertilizantes, semillas híbridas, maquinarias, agua para riego, etc.

A su vez, este modelo de agricultura, tampoco ha logrado solucionar el problema del hambre en la población mundial ya que actualmente hay alrededor de 1 200 millones de personas desnutridas, con dietas que no cumplen el mínimo necesario de nutrientes.

La “revolución verde” consideró desde los años 60’s que el problema del hambre en algunas regiones del planeta, se debía a la baja productividad de los cultivos y ésta a la inadecuada elección de los cultivares (genotipos) que se utilizaban, ya que no soportaban altas dosis de fertilizantes. Por lo tanto, según este diagnóstico, la solución era cambiar el genotipo o tipo de cultivares; y eso fue lo que hizo la revolución verde: desarrolló arroces y trigos enanos o semi enanos que podían soportar altas dosis de fertilizantes sin aparentemente ningún problema.

Esto significó un cambio sustancial del paradigma agrícola imperante hasta el momento: la disponibilidad y el uso de numerosas variedades (tipos y/o razas locales) adaptadas a la variabilidad natural de los agroecosistemas, se les sustituyó por algunas pocas variedades de alto potencial de rendimiento, las cuales brindaban una promesa de alta productividad por unidad de área (rendimiento), en tanto y en cuanto el ambiente se adaptara a sus requerimientos. Es decir, necesitaban que se les suministrarán las condiciones necesarias, que éstas requerían para expresar su potencial de rendimiento. Este intento por brindarles el ambiente adecuado a las nuevas variedades implicó que, paulatinamente, se incorporaran masivamente diversos insumos como fertilizantes, agroquímicos para el control de plagas, enfermedades y malezas, maquinarias, combustibles y riego.

Ya no era necesario tener y conocer un gran número de variedades adaptadas a diferentes condiciones ambientales: unas pocas y bien rendidoras era todo lo que se necesitaba, siempre y cuando se les dieran las condiciones necesarias para expresar su potencial (Saradon y Flores, 2014).

A partir de este cambio de paradigma, el comportamiento natural de las plantas (transformar energía luminosa en energía química a través del fenómeno de la fotosíntesis) quedó condicionada al suministro de ciertos recursos que no son renovables, como combustibles fósiles y recursos minerales. El costo ambiental que esto ha involucrado ha superado al beneficio económico al no considerar que los recursos de los que depende se deterioran o se agotan.

Al paso de los años, la revolución verde, a pesar de haber logrado incrementos en la producción, se le ha cuestionado su sustentabilidad por una serie de impactos ecológicos, económicos y sociales, derivados de sus prácticas “modernas” de producción (Altieri y Nicholls, 2000).

En la actualidad, se han reconocido los errores y se han buscado diversas alternativas que tenga una respuesta viable a las necesidades de la problemática expuesta, lo que ha propiciado la aparición de sistemas alternativos de producción basados en la sustentabilidad resultado de los análisis de la situación del mundo, descrita como una “emergencia urgente planetaria” (Bustos, 2011).

DEFINICIÓN DE SUSTENTABILIDAD

En 1987 la Comisión Mundial para el Medio Ambiente y el Desarrollo Humano aprobó por unanimidad un documento denominado «Nuestro Futuro Común», el cual constituyó un punto de inflexión en el debate a nivel global sobre el medio ambiente y el desarrollo. Allí se definió por primera vez el término desarrollo sustentable. En un sentido general, el desarrollo sustentable es «un proceso que busca satisfacer las necesidades humanas, tanto de las generaciones actuales como futuras, sin que ello implique la destrucción de la base misma del desarrollo, es decir, los recursos naturales y los procesos ecológicos» (Brundtland, 1987).

El concepto de desarrollo sostenible, desarrollo perdurable, o sustentable se refiere a un desarrollo socioeconómico que considera el carácter finito de los recursos naturales y considera también la equidad en el reparto del bienestar social; permite satisfacer las necesidades de la generación presente, sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras; de esta manera, intenta encontrar el equilibrio entre el medio ambiente y el uso de los recursos naturales.

Arellano (2012) menciona que el desarrollo sustentable considera los factores de economía de recursos, protección ambiental y equidad para implementar modelos de producción y consumo que no degraden los recursos naturales de los que dependen y satisfagan las necesidades de la población actual y futura.

Este nuevo paradigma consiste en otorgarles la misma importancia a los aspectos sociales y ecológicos, que la que se atribuye a los aspectos económicos a la hora de diseñar las metas, políticas y estrategias de desarrollo de un país o de una región.

Los sistemas productivos bajo un esquema considerado de desarrollo sustentable deben ser económicamente rentables, socialmente aceptables y ecológicamente viables (Arellano, 2012; Haro y Taddei, 2014).

De esta manera, debemos de tomar en cuenta que la búsqueda de la sustentabilidad, como garantía del mantenimiento de la vida en el planeta tierra, hoy y en el futuro, requiere que reflexionemos y repensemos la agricultura y el desarrollo rural de forma integral, incorporando los diferentes contextos sociales, económicos, ecológicos y tecnológicos de cada región e incluso, de cada unidad de producción.

RETOS DE LA SUSTENTABILIDAD GANADERA EN AMÉRICA LATINA.

La FAO (S/F) estima que la ganadería es la principal fuente de ingresos de alrededor de 200 millones de familias de pequeños productores en Asia, África y América Latina, y la única fuente de subsistencia para al menos 20 millones de familias. Si a esto se suman los medianos productores las cifras bien podrían duplicarse. Por su parte Steinfeld

et al., (2006) señalan que el sector pecuario mundial genera empleo para mil trescientos millones de personas y es medio de subsistencia para mil millones de pobres en todo el mundo.

Al respecto, cabe mencionar que la cría y explotación de la ganadería vacuna es uno de los principales usos de la tierra en América Latina. Lamentablemente, una parte considerable de esta actividad está caracterizada por bajos niveles de productividad y rentabilidad y por la generación de efectos ambientales negativos. Diversos estudios en la región indican incrementos dramáticos en las tasas de deforestación, acompañados de procesos de degradación de suelos, fragmentación de paisajes, pérdidas de biodiversidad y reducción del nivel de ingresos, particularmente (aunque no exclusivamente) en los sistemas ganaderos que practican los pequeños productores (FAO, 2008).

En los últimos años, superficies importantes de áreas boscosas en América Latina han sido deforestadas para promover la ganadería extensiva (Kaimowitz, 2001). En la Amazonía, el 70 por ciento de las tierras previamente deforestadas se encuentra actualmente ocupada por pastos (Steinfeld et al., 2006); mientras en Colombia, por ejemplo, los bosques se redujeron de 95 a 72 millones de hectáreas entre 1960 y 1995, mientras que el área destinada a la ganadería pasó de 15 a 35 millones de hectáreas durante el mismo período (Fandiño y Ferreiro, 1998).

Por otro lado, en lo que respecta a los mercados, los expertos coinciden en señalar que la demanda mundial de carne y leche será creciente y cada vez más exigente en cuanto a calidad e inocuidad y en las formas en los que se producen (Altieri y Nicholls, 2000; Steinfeld, et al., 2006). Enfrentar esa demanda ha presionado el avance de la frontera agrícola-ganadera a zonas de mayor vulnerabilidad ambiental debido al incremento de los niveles de deforestación, la degradación de los suelos, la pérdida de biodiversidad, el aumento en la vulnerabilidad al cambio climático y la disminución del recurso hídrico, por lo que se deben de tomar medidas urgentes para controlarlo a fin de evitar consecuencias desastrosas.

Esta situación está generando un preocupante panorama debido a la falta de políticas gubernamentales activas en pro de una ganadería eco-amigable lo cual está resultando en una progresiva y acelerada degradación de los recursos naturales; por lo anterior, es necesario que la ganadería se oriente o reoriente su tendencia actual de desarrollo hacia sistemas alternativos de producción adecuados al entorno natural y ecológico de cada región, amigables con el ambiente y que, al mismo tiempo, reduzcan la vulnerabilidad económica de los productores.

Ruiz (2017) señala que el sistema “tradicional o convencional” ganadero en muchas regiones de México se ha caracterizado por una expansión de las áreas para pastoreo con la consecuente ampliación de tierras para la producción a costa de bosques y selvas, junto con el uso masivo de fertilizantes químicos, herbicidas, insecticidas, desparasitantes y antibióticos para los animales; es decir, una ganadería que ha demostrado ser insostenible

anterior hace evidente que el proceso de expansión de la ganadería que estamos viviendo actualmente en nuestros países, representa tanto una oportunidad como una amenaza para el desarrollo sustentable de la región. Por un lado, es una oportunidad para generar riqueza y mitigar la pobreza si se toman las decisiones políticas adecuadas y se promueven sistemas de producción ganaderos amigables con el ambiente; por el otro, es una amenaza si la expansión de la actividad continúa sin considerar los costos ambientales y los potenciales impactos en marginalización de los pequeños productores.

En este contexto, Barkin (1998) señala que la sustentabilidad no es simplemente un asunto del ambiente, justicia social y de desarrollo, si no también trata de la gente y de nuestra sobrevivencia como individuos y culturas.

De esta manera, un manejo sostenible de los agroecosistemas podría quedar definido por una equilibrada combinación de tecnologías, políticas y actividades, basada en principios económicos y consideraciones ecológicas, a fin de mantener o incrementar la producción agrícola en los niveles necesarios para satisfacer las crecientes necesidades de una población mundial en aumento.

Por lo anterior podemos decir que, la conservación de los recursos productivos y del entorno ambiental constituyen las dos exigencias básicas de la variable ecológica de la agricultura sostenible. La oferta de alimentos sanos y seguros a un costo razonable provenientes de los sistemas de producción desarrollados son las dos dimensiones socioeconómicas de una agricultura sostenible. Esto sin duda, representa un desafío complejo

LA SUSTENTABILIDAD UN DESAFÍO COMPLEJO

No hay dudas que el mantenimiento de niveles adecuados de producción agrícola, junto con la conservación de los recursos naturales es hoy uno de los mayores desafíos que ya enfrenta y seguramente deberá enfrentar la humanidad en las próximas décadas. De acuerdo a la definición de sustentabilidad, se requiere desarrollar una agricultura que sea económicamente viable, socialmente aceptable, suficientemente productiva, que conserve la base de recursos naturales y preserve la integridad del ambiente en el ámbito local, regional y global (Sarandón, 2011).

Para que una explotación sea sustentable se deben cumplir, según Saradón y Flores (2014), una serie de requisitos. La unidad de producción debe ser:

  1. Suficientemente productiva (dependiendo del nivel de análisis y condiciones).
  2. Económicamente viable (a largo plazo y contabilizando todos los costos).
  3. ológicamente adecuada (que conserve la base de recursos naturales y que preserve la integridad del ambiente en el ámbito local, regional y global).
  4. Cultural y socialmente aceptable.

Se busca entonces un sistema que pueda producir suficiente alimento para satisfacer la demanda del agricultor y su familia en primer lugar; por otro lado, debe ser económicamente viable, para permitirle satisfacer sus necesidades, reconociendo que no todas sus necesidades son meramente económicas ya que hay aspectos socioculturales muy importantes para lograr la satisfacción personal del agricultor que deben considerarse. También incluye mantener o mejorar los recursos (agua, aire biodiversidad, suelo) que constituyen el capital natural.

Finalmente, este modelo debe ser social y culturalmente aceptable, tanto para el productor, de acuerdo a sus intereses, creencias y valores, como para el resto de la sociedad. Es claro, por lo tanto, que la sustentabilidad es un concepto multidimensional complejo porque incluye el cumplimiento simultáneo de varios objetivos o dimensiones: productivo, ecológico, temporal, económico y sociocultural. Estos objetivos son igualmente importantes, de cumplimiento simultáneo y no son o deben ser reemplazables los unos con o por los otros.

SUSTENTABILIDAD Y RENTABILIDAD ECONÓMICA.

Saradón y Flores (2014) señalan que una de las principales dificultades para avanzar hacia la sustentabilidad es su supuesta contradicción con los objetivos económicos. En general, la sustentabilidad es un objetivo incuestionable: todos están de acuerdo en lograrlo.

Pero, muchas veces surge la duda: ¿Es posible compatibilizar los objetivos ecológicos con los económicos? ¿Es posible que una alternativa productiva más benigna con el medio ambiente sea, a su vez, económicamente rentable? En general, se considera que esto no es así. Bajo este enfoque, muchas veces se descartan propuestas productivas ecológicamente más adecuadas, porque las mismas están asociadas a una supuesta menor rentabilidad, o al menos, esto es lo que se cree. Ciertamente, resulta muy difícil concebir que ambos objetivos puedan ser compatibles, dado que, en apariencia, la sustentabilidad ecológica y la racionalidad económica son dos conceptos opuestos.

En general, ha pasado en que en el análisis de las alternativas productivas éstas no han tomado en cuenta numerosos impactos que los diferentes modelos de producción han provocado en las comunidades rurales, en el medio ambiente y en lo propios recursos productivos. Todas estas cosas tan valiosas, pero aún no se les ha fijado un precio monetario.

Las actividades agropecuarias no han sido seriamente cuestionadas económicamente por sus impactos en el ambiente. Las nuevas tecnologías generalmente solo las evaluamos por su costo-beneficio monetario; sin embargo, hay una serie de costos y beneficios ocultos y colaterales, que nos pueden conducir a interpretar y tomar decisiones no siempre acertadas.

El medio ambiente y los recursos naturales no son bienes indestructibles ni infinitos, su deterioro tiene un precio que en mayor o menor medida, tarde que temprano todos vamos a pagar.

El capital que tiene la naturaleza, a pesar de estar constituido por insumos indispensables para el proceso productivo, se compone de bienes de características que no se han valorado económicamente. Por ejemplo, qué precio le asignamos a la contaminación por pesticidas o fertilizantes en el agua de bebida, a la pérdida de la biodiversidad, al deterioro de la capacidad productiva del suelo producida por un uso inadecuado del mismo o al mantenimiento de un bello paisaje. La contabilidad ambiental que incluye por ejemplo los costos de erosión, la contaminación y daños en la salud ocasionados por los plaguicidas, etc., debiera ser un aspecto crucial del análisis comparativo de los diferentes tipos de sistemas de producción.

En este contexto, se ha planteado que una sustentabilidad económica debe de comprender la implementación de una serie de prácticas económicamente rentables, equilibradas y éticamente justas, regida por criterios de responsabilidad social y medioambiental. En este sentido, esta sustentabilidad debe promover un uso racional de los activos económicos que permita, a partir del empleo de los mínimos recursos (medios, materia, energía), la maximización de los beneficios, sin afectar al ambiente (Anónimo, 2017).

Al respecto, diversas experiencias en México con pequeños productores sustentables de leche se ha encontrado que tienen menos costos de producción, mayores rendimientos por hato y mejor calidad nutricional de sus productos que sus vecinos que producen de manera tradicional y que además, la leche es producida amigablemente con la naturaleza; es decir, se ha podido conjuntar rentabilidad y sustentabilidad (Ruiz, 2017).

Por lo anterior, evaluar la rentabilidad global (rentabilidad económica más rentabilidad ambiental) es bastante difícil y complejo, por la gran cantidad de variables que entran en juego, pero que sin embargo son importantes y debe de considerarse a fin de tomar las mejores decisiones.

SUSTENTABILIDAD, GANADERÍA Y CAMBIO CLIMÁTICO.

El cambio climático global está considerado como uno de los problemas ambientales más importantes que actualmente enfrenta la humanidad. El impacto negativo más sobresaliente del cambio climático es la emisión de los llamados Gases de Efecto Invernadero (GEI) (dióxido de carbono, metano y óxido nitroso, principalmente), los cuales son consecuencia directa o indirecta de la combustión de los recursos no renovables (IPCC, 2007).

Con unas emisiones mundiales estimadas en 7.1 Gigatoneladas de dióxido de carbono equivalente (CO2-eq) por año, que representa el 14.5% de las emisiones de los GEI producidas por el ser humano, el sector ganadero incide de manera importante en este renglón (Gerber et al., 2013). Según la FAO (2009), la ganadería en el contexto global, es responsable del 18% de las emisiones de los GEI. Específicamente es responsable del 9% de las emisiones de CO2, el 37% de las emisiones de metano y el 65% del óxido nitroso. La producción de carne y leche de vacuno es responsable de la mayoría de las emisiones, ya que contribuyen con el 41% y el 29% respectivamente de las emisiones del sector.

Sin embargo, la agricultura no sólo contribuye con el calentamiento global, sino que también, en gran medida, se encuentra afectada por él. De acuerdo a la FAO (1994), el calentamiento global en aumento cambiará las zonas cultivables hacia los polos, el crecimiento, el cultivo y la producción de plantas peligrarán como consecuencia de los cambios en la distribución de las lluvias, del incremento de la radiación de rayos UV-B y de los cambios en la composición química de la atmósfera.

En las regiones que poseen clima continental en las que los suelos están sujetos a la disecación, los cambios de clima agravarán los problemas de salinidad, de erosión y de desertización. Habrá episodios climáticos extremos con más frecuencia. Las plagas y las enfermedades proliferarán al verse favorecidas por un clima más cálido. Todos estos factores tienen impactos negativos en los rendimientos agrícolas (IPCC. 2007).

evidente que la ganadería desarrolla un papel importante tanto en la adaptación al cambio climático como en mitigar sus efectos para el bienestar de la humanidad ya que en una ganadería sustentable es posible reducir la producción de los GEI y se intenta lograr el equilibrio ecológico que se necesita. No se puede dejar de producir alimentos para el mundo, los que se deben reducir son los impactos ambientales de su producción

LA AGRICULTURA ORGÁNICA, UNA ALTERNATIVA SUSTENTABLE.

Cada vez, con más intensidad, los consumidores demandan calidad en los procesos productivos, calidad no sólo relacionada con el producto final, sino también con el cuidado del medio ambiente en las distintas etapas de la producción. En este contexto han surgido una serie de propuestas alternativas sustentables, entre las que encontramos a la agricultura orgánica.

La agricultura orgánica la podemos definir como un sistema de producción de alimentos de alta calidad que procura conservar los recursos naturales, incrementar la fertilidad del suelo y eliminar el uso de productos químicos con el fin de lograr un desarrollo sustentable (CAC, 2001).

Es considerada como una alternativa que tiene una base técnica, científica y cultural que contribuye a la solución de los graves problemas ambientales, ocasionados por un manejo inadecuado de los recursos naturales y el uso excesivo de agroquímicos y otros productos tóxicos. Su objetivo fundamental es la obtención de alimentos de la máxima calidad nutricional y organoléptica para la población. La agricultura orgánica respeta el medio ambiente y ayuda a conservar la fertilidad de la tierra mediante la utilización óptima de los recursos naturales (Codex Alimentarius, 2007).

Ruíz (1999) señala que la agricultura orgánica es un sistema de producción sustentable que integra los aspectos económicos, humanos y del medio ambiente. Maximiza la confianza hacia los productores agrícolas por el manejo que le dan los recursos renovables, así como por el manejo de los procesos biológicos, ecológicos y por el entendimiento de las interacciones que entre ellos ocurren.

Los objetivos económicos no son la única motivación de los agricultores orgánicos; su propósito es también lograr una integración e interacción óptima entre el hombre, la tierra, los animales y las plantas, conservar los nutrientes y los flujos naturales de energía potenciando la diversidad biológica, todo lo cual contribuye al objetivo global de la agricultura sostenible de conservar los recursos naturales y los ecosistemas para las generaciones futuras.

La agricultura orgánica se basa en prácticas que no solo protegen la salud ambiental, sino que también la mejoran. Produce una menor huella de carbono y mayores ganancias para el productor

La agricultura orgánica se le considera como una alternativa social, técnica e incluso cultural que ha contribuido a evitar la deforestación, impulsar la seguridad alimentaria, incrementar la producción de bienes y servicios y el fortalecimiento de la cultura de los pueblos a enfrentar los efectos adversos del cambio climático (CAC, 2001).

ECONÓMICOS SOCIALES ECOLÓGICOS
  • Aumentan la producción debido a la sombra generada para el ganado.
  • Son fuente de recursos forrajeros para el ganado
  • Reducen la dependencia y gastos de insumos externos.
  • Permiten mayor estabilidad de la producción.
  • Diversifican los ingresos en las comunidades y/o ejidos ganaderos.
  • Incrementan la productividad y la rentabilidad de las unidades ganaderas.
  • Garantizan la seguridad alimentaria
  • Mejoran la calidad de vida.
  • Cuentan con mayor sentido de pertenencia de la familia a la comunidad.
  • Protegen el suelo
  • Permiten el reciclaje de nutrimentos.
  • Desarrollan una restauración ecológica de pasturas degradadas.
  • Protegen las fuentes de agua.
  • Permiten el secuestro de carbono.
  • Reducen la tala de bosques.
  • Facilitan la conservación de la biodiversidad.
  • Muestran belleza escénica
  • Permiten una mayor estabilidad ante el cambio climático

La ganadería orgánica (parte de la agricultura orgánica) está sustentada en un sistema silvopastoril en el cuál interactúan armónicamente árboles, arbustos, pastos, animales y el hombre, constituyendo desde el punto de vista productivo, ecológico, económico y social en una alternativa de desarrollo sustentable.

En ella se impulsan las prácticas de reforestación, destacando la siembra de árboles en las áreas de pastoreo, con lo que existe una mayor diversidad de especies para mejorar la dieta, la producción de frutos y madera, promoviendo prácticas que ayudan a elevar la producción y calidad de alimentos de origen animal (Alonso, 2011; Jiménez, 2015).

En el Cuadro 1, podemos observar los diversos beneficios que se obtienen en un sistema silvopastoril presente en una ganadería sustentable.

CHIAPAS ORGÁNICO

En México existen alrededor de 170 000 productores que cultivan alimentos orgánicos en más de medio millón de hectáreas. La mayoría de ellos ya estuvieron certificados o están en este proceso. Chiapas es el estado más importante productor de alimentos orgánicos a nivel nacional. Cuenta con la mayor superficie y el mayor número de productores (el 54.19% del total nacional) dedicados a esta actividad y es uno de los principales estados donde más se ha desarrollado y crecido la agricultura orgánica; sin embargo, es también una entidad que ha sufrido una enorme degradación de suelos. Existen más de 200 organizaciones de productores orgánicos en las que están involucrados más de 67 000 mil personas (Schwentesius et al., 2014; Ruiz, 2016).

La mayoría de estos productores tienen baja escolaridad, son de bajos ingresos económicos; sin embargo, cuentan con una alta tradición familiar en la agricultura y la ganadería. En Chiapas se producen más de 20 diferentes productos orgánicos, resaltando el café con el mayor número de organizaciones y con la mayor superficie (98 000 hectáreas). Este cultivo representa más del 89% del total de hectáreas dedicadas a la producción a nivel nacional, por lo que Chiapas ha sido considerado como el primer productor y exportador mundial de café orgánico (Schwentesius et al., 2014; Ruiz, 2016).

En cuanto a la ganadería bovina, en Chiapas se dedican casi 3 000 hectáreas orientadas a la producción orgánica. Esta producción se lleva a cabo principalmente en diversas localidades ubicadas en los municipios de la región centro, norte y costa del estado.

Una parte de los productores pecuarios de carne, leche y procesadores de quesos ya estuvieron certificados y/o están en la etapa de transición buscando convertirse en ganaderos orgánicos certificados, lo cual, por diversas razones pocos lo han logrado (Ruiz, 2016).

Dentro de estas explotaciones encontramos básicamente productores que tienen entre 25 a 50 vacas en ordeño, los cuales están produciendo anualmente entre 45 000 a 60 000 litros de leche por explotación. Los animales son principalmente resultado de la cruza de la raza cebú con la raza suizo o con el ganado criollo, los cuales se encuentran en pastoreo y son ordeñados una vez al día, a mano y con el becerro al pie. El suplemento nutricional principal que reciben los animales son sales minerales. La producción por animal es baja, pero también lo son sus costos de producción; sin embargo, la calidad nutricional de la leche es muy buena. La leche producida se comercializa con empresas procesadoras de la región o se transforman en derivados lácteos (quesos, principalmente) los cuales se venden en pequeñas tiendas y/o mercados locales. Actualmente un grupo de estos productores están por terminar la que será la planta procesadora de lácteos orgánicos más importante y más grande del sector social del país.

Uno de los avances más importantes que han tenido los ganaderos participantes en la actividad orgánica es el haber adquirido conciencia ecológica y un gran compromiso de cuidar y preservar el medio ambiente y el orgullo de ofrecer a la población un alimento de la más alta calidad producido amigablemente con la naturaleza (Ruiz, 2017).

CONCLUSIONES.

La ganadería intensiva o extensiva tradicional no se ha preocupado por conservar los ecosistemas en los cuales pasta el ganado, el principal fin ha sido la engorda y/o la producción de leche; sin embargo, una estrategia ganadera basada únicamente en el incremento de la producción y las ganancias económicas, sin preocuparse por la preservación o incremento de los recursos naturales, está enfrentando problemas graves de sostenibilidad y así mismo una dependencia cada vez más marcada de los insumos externos; sin embargo, la ganadería en un entorno sustentable o no sustentable, presenta un escenario por demás complejo, pero que sin embargo es una actividad económica muy importante, generadora de empleo, necesaria para la alimentación y con un futuro que plantea una creciente demanda.

En este contexto, podemos considerar a la ganadería sostenible la cual es perdurable en el tiempo y busca mantener un nivel de producción sin alterar al medio ambiente. Es una ganadería ecológica, que no perjudica o tiene un menor impacto negativo en el ecosistema.

Por lo anterior, podemos señalar a manera de conclusión, que un medio ambiente saludable ofrece a una comunidad mayores posibilidades de desarrollo y bienestar económico y social entendiendo que la degradación de los recursos naturales atenta contra nuestra propia supervivencia y la de las demás especies.

Por otro lado, si la actividad pecuaria y en particular el sector lácteo, pretende permanecer viable y con futuro deberá encaminarse hacia una producción que aproveche el potencial que ofrece la naturaleza, reduzca los impactos ambientales y genere una oferta de alimentos con el más alto estándar de calidad producidos amigablemente con la naturaleza, los cuales cada día tienen una mayor demanda en un mercado altamente competitivo como el actual.

Cabe mencionar que el desarrollo sustentable en el campo es hoy en día una prioridad mundial y la sustentabilidad desempeña un papel central para alcanzarlo, sobre todo en la producción de alimentos sanos, la conservación de los recursos renovables y la biodiversidad , el combate al calentamiento global, la prevención de la contaminación del agua, suelos, aire y personas, así como en la lucha en contra de la pobreza y la marginación rural; por lo que, los aportes que proporcione este sistema de producción, contribuirá en mucho a lograr estos objetivos.

Tal parece que las empresas ya no tienen elección: la sustentabilidad es un mandato de la sociedad global y es algo que se debe incorporar a la cultura corporativa. Una ganadería que cumpla con los parámetros mínimos de sustentabilidad será más competitiva en el mediano plazo que una que se niegue a hacerlo. Ser sustentable no es algo que “podría ser” sino que “debe ser”. ¿Por qué no empezar lo antes posible?

Bibliografía disponible con el autor y en BM Editores

JORGE LUIS RUÍZ ROJAS.

Medico Veterinario Zootecnista (Universidad Nacional Autónoma de México); Especialidad en Fisiología Animal (Universidad Politecnica de Madrid, España); Maestría en Producción de Leche (Massey University, New Zealand); Maestría en Ciencias de la Educación (Instituto de Estudios Universitarios de México). Doce diplomados en Producción Animal en diferentes Universidades de México. Profesor-Investigador de Tiempo Completo de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia (FMVZ) de la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH), México. Coordinador de la Agencia Universitaria para la Producción de leche Orgánica de la FMVZ-UNACH; Vocal de Leche Orgánica del Sistema Producto Bovinos Leche del Estado de Chiapas; Vocal del Consejo Estatal de Cambio Climático del Estado Chiapas; Coordinador y/o asesor de Programas de Transferencia de Tecnología a diversos grupos dedicados a la Ganadería Sustentable del Estado de Chiapas. jlrojas89@hotmail.com. Mexicano. Publicación de cinco libros; 20 capítulos de libros; 7 Manuales; 35 artículos publicados en diversas revistas de investigación, difusión y/o extensión. Tema de interés Académico: Sustentabilidad, Cambio Climático y Calidad e Inocuidad de Lácteos.

Artículo publicado en Entorno Ganadero Octubre-Noviembre 2019

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